24-mayo-2026
Hay algo que comparten las familias que han vivido un debut en diabetes tipo 1: la incertidumbre ante la llegada de la adolescencia, y la emoción de ver cómo un hijo o hija aprende a gestionar su patología de forma independiente. Azahara (14), joven sevillana diagnosticada meses antes de la pandemia de Covid-19, lo sabe bien. Tanto ella como sus padres, Bea y Rafa, han ido superando juntos, poco a poco, todos los miedos y obstáculos que se ponían en su camino. Para ello, han contado con un valioso recurso: los campamentos de diabetes.
Bea, la madre de Azahara, se dio cuenta de que lo de su hija no era ninguna tontería cuando la llamaron por el altavoz, nada más entrar por la puerta de urgencias. Quería que un especialista viese a Azahara, de ocho años, que presentaba sed y orina excesivas. Era noviembre de 2019. Ni ella ni su marido, Rafa, que se encontraba trabajando fuera de Madrid, tenían idea en aquel entonces de lo que era la diabetes.
El diagnóstico llegó rápido: Azahara tenía diabetes tipo 1. Pero antes siquiera de que la familia, para entonces reunida en Madrid, hubiese podido asimilar la noticia, estalló la pandemia de Covid-19. “Teníamos el miedo de asistir al hospital, nos sentíamos solos y aislados”, recuerda Rafa. Como Azahara aún era pequeña, fueron sus padres quienes tuvieron que aprender a marchas forzadas todo lo relacionado con la patología, en un contexto marcado por la incertidumbre sanitaria y laboral en todo el mundo.
Cuando Azahara cumplió 11 años se produjeron algunos cambios. En primer lugar, porque por primera vez fue consciente de que, en algún momento, dejaría de depender de su familia, y de que para ello tendría que aprender unas cuantas cosas. El segundo cambio vino por algo que cambiaría su vida: los campamentos para niños con diabetes.
Campamentos: un antes y un después
Fue su nueva pediatra quien habló a Azahara y a su familia de las asociaciones y, particularmente, de los campamentos. Decidieron que lo probarían y, ese verano, Azahara acudió por primera vez al campamento de FADEX, en Extremadura. Fue un antes y un después para ella. “Cuando me bajó el azúcar por primera vez, me puse a llorar, porque tenía mucho miedo de las hipoglucemias, pero entonces alguien me dijo ‘no pasa nada’. Me dieron un zumo, y se me pasó”. A partir de ese momento, empezó a controlar sus propias bajadas. Y perdiendo el miedo.
También Bea y Rafa recuerdan perfectamente el día en que fueron a buscar a Azahara, al terminar el campamento. Era la primera vez que se separaban tantos días de ella, pero en cuanto la vieron se dieron cuenta de lo positiva que había sido la experiencia. “Volvió comiendo cosas que en casa no comía, aprendiendo a contar raciones, con un montón de conocimientos que nosotros no teníamos”, explican. Sintieron que, por primera vez, podían estar completamente tranquilos.
De aquel primer campamento Azahara se llevó grandes amigos y un grupo de WhatsApp donde, entre meme y meme, se intercambian consejos y experiencias con la diabetes. Gracias a este contacto con otras realidades, Azahara decidió ponerse la bomba. “Antes me imaginaba que era algo muy aparatoso, con muchos cables, y yo no quería llamar la atención”, cuenta. Al ver cómo sus compañeros la utilizaban, cambió de opinión. Por todo esto, Azahara tiene claro que se convertirá ella misma en monitora de diabetes.
Entre la autonomía y la incertidumbre
Cuando Azahara pasó del colegio al instituto, muchos aspectos de su vida cambiaron. Comenzaba una etapa de más autonomía, mayor independencia, e inevitablemente, una dosis extra de preocupación. Poco a poco, Rafa y Bea fueron asumiendo que habría viajes, salidas, noches en casas de amigas... Al principio, lo hicieron con ansiedad y miedo; luego, con mayor confianza. “Le ha tocado madurar antes de tiempo, porque la diabetes exige mucha responsabilidad. También tenemos que ponernos en su lugar”, expresa Rafa.
En el primer año, Azahara tuvo algunos problemas para integrarse. “Llegué a desconectarme la bomba porque no quería que me la viesen”, recuerda. Ahora, con casi quince años, es una chica extrovertida y deportista, que practica baile y ha descubierto que le encanta viajar. Al preguntarle qué le diría a una adolescente con diabetes que tiene que pasar al instituto, no duda: “Que ella misma y que no tenga miedo de nada”.
Al echar la vista atrás, la familia se da cuenta de todo lo que han ido aprendiendo. “Ahora estamos pendientes, pero ya no es ese pánico y esa ansiedad de antes”, explican Rafa y Bea, quienes han podido dejar atrás sus miedos y confiar poco a poco en su hija. Azahara también se siente orgullosa del camino recorrido, y agradece que sus padres sigan estando ahí para ella: “Está muy bien no depender de nadie, pero también hay que valorar que haya personas dispuestas a levantarte y tenderte una mano si te caes”.
Artículo publicado originalmente en el número mayo-junio 2026 de la Revista DiabetesFEDE