23-enero-2026
Josep María Martínez trabajaba como responsable administrativo en el servicio de salud de Barcelona. Dedicaba gran parte de su tiempo al trabajo, hasta que un diagnóstico le obligó a cambiar su vida por completo. En tan solo 17 días pasó de su rutina habitual a recibir una incapacidad absoluta. Todo comenzó en 2013, cuando le diagnosticaron hígado graso, una patología caracterizada por la acumulación de grasa en el hígado que puede causar inflamación y, con el tiempo, derivar en problemas más graves. En el caso de Josep, aquella enfermedad sería el inicio de una nueva etapa en su vida.
Las indicaciones habituales para el tratamiento de hígado graso consisten en cambios en el estilo de vida de la persona que lo padece: mejorar la alimentación, reducir el sedentarismo, introducir alguna práctica deportiva, etcétera. En el caso de Josep, su agenda laboral no permitía realizar muchas modificaciones en sus hábitos, y este fue uno de los motivos por los que su condición empeoró rápidamente. Pero también estaba la hemocromatosis, una condición genética que le acompañaba y que afectó a la evolución del estado de su hígado.
Al no mejorar su estilo de vida, la enfermedad empeoró rápidamente derivando en complicaciones graves como cirrosis y encefalopatía. Esta última es una patología del cerebro causada por la llegada de toxinas que no han sido filtradas correctamente por el hígado y que puede derivar en confusión y cambios de comportamiento. Pero el peor diagnóstico llegaría al año: su hígado graso, le dijeron entonces, había desembocado en un cáncer de hígado.
17 meses de espera.
Josep necesitaba un nuevo órgano. Sin embargo, su situación no era la más favorable. Su peso,120 kilos en ese momento, impedía que entrase en protocolo de trasplante. Necesitaba perder, al menos, 16 kilos para entrar en la lista de espera. “Fue la peor época de mi vida, sufrí un desequilibro emocional muy importante que no facilitaba las cosas, de hecho, pasaba factura también a mi entorno, a mi familia”, recuerda Josep
Durante este periodo, su vida sufrió altibajos emocionales marcados por esta patología. “Pensar que alguien tenía que morir para que yo recibiese un órgano se me hizo muy duro, tanto que dejé la medicación”, cuenta Josep, quien ocultó a su familia esta decisión y rechazó recibir ayuda psicológica de profesionales. Al descubrir el rápido avance de la enfermedad, tanto su equipo médico como su familia le suplicaron que retomara el tratamiento. Josep lo reconsideró. “Estaba viviendo emociones muy intensas, apenas podía caminar 10 metros y no podía seguir viendo el sufrimiento de mi gente”, relata
Su hijo siempre quiso donar parte de su hígado, pero Josep lo rechazó en numerosas ocasiones, hasta el mes 15 en lista de espera, donde su estado había empeorado a tal velocidad que accedió a que su hijo comenzara el proceso de donación. “El proceso dura unos tres meses. Comenzaron realizando todas las pruebas de compatibilidad, firma de consentimientos, pero cuando esperábamos la deliberación del juez, a mí ya no me quedaba tiempo” explica Josep. Las pruebas de su hijo comenzaron muy tarde y en ese momento entró en protocolo Urgencia 0, un código de clasificación extraordinario con prioridad nacional para casos graves donde se le priorizaba como receptor del próximo órgano compatible con él.
Y su hígado llegó.
Y también llegaron todos los cambios que su cuerpo y su mente le estaban pidiendo. “Empecé a valorar la vida que me acababan de regalar con este órgano y a cuidarla, porque para mí, ahora, cada día es un regalo”, asegura Josep.
Todo el sufrimiento físico y mental que padeció en este proceso no se le olvidarán jamás, pero ahora vive “una vida más consciente y sana”. Sus hábitos de vida son totalmente diferentes, realiza ejercicio físico y cuida también su salud mental, la cual, durante el proceso de la enfermedad, evitó por todos los medios. También lleva tratamientos adicionales para reducir el riesgo de contraer otras patologías, como los inmunosupresores, revisiones cardíacas o de riñón cuando lo precisa, etcétera.
Son estos tratamientos los que han provocado su diabetes de tipo 2. “En 2021, saliendo del covid, fui diagnosticado de diabetes tipo 2. Mis profesionales sanitarios me calmaron ante este diagnóstico, y me informaron de que es un efecto secundario de los inmunosupresores. Solo debía mantener los mismos cuidados que ya llevaba con mi salud y un nuevo tratamiento para el control glucémico”, refiere Josep.
Actualmente ha bajado su hemoglobina glicosilada en casi un punto, “pero esto no se debe únicamente al tratamiento, también influye el estilo de vida que he ido adoptando en estos años”, asegura Josep.
Hoy Josep es presidente de la Associació de Malalts i Trasplantats Hepàtics, donde está cumpliendo lo prometido tras su trasplante. “Me comprometí a ayudar a otras personas que estén pasando por esa situación como pasé yo, pero tenía que estar bien primero. Me llena saber que las personas no se abandonan con este diagnóstico como lo hice yo y lucho con ellos hasta conseguirlo”, declara Josep, quien además nos cuenta otros proyectos de su asociación: “acompañamos a personas que pasan por esta misma situación o similares, informando sobre diferentes patologías hepáticas, aportando calma, información y ayuda. La necesidad de un trasplante paraliza tu vida y la de tu familia, yo lo he vivido y ahora intento que ese impacto no sea tan duro en el resto”.
En estos doce años, Josep ha vivido una nueva vida. Después del proceso de enfermedad, intervención y otros diagnósticos como la diabetes, sus prioridades han cambiado y ahora se centra en disfrutar, vivir cada momento y viajar a todos esos sitios que siempre había deseado. Ha comenzado a cuidarse de verdad, por fuera y por dentro, porque si algo tiene claro que es que “el trasplante no es un final, si no un nuevo comienzo”.